Algunas bodas son un compromiso, una obligación, un suplicio, efecto de la inercia, la costumbre y el aburrimiento. Los hijos son piedras, parches y excusas. Otras no.
Queridos seguidores, pido disculpas. Estos primeros días del mes de Agosto han sido complicados, "densos" diría yo. Me ha sido imposible resolver la vida de Restituto o continuar la serie sobre abogados.
Agradezco infinitamente vuestras visitas, vuestros comentarios y votos, vuestros ánimos y, especialmente, las críticas, positivas o negativas de mis relatos. Os lo agradezco, de verdad, más de lo que imagináis.
Hoy os dejo aquí un video, la entrada de los novios en la iglesia. Espero que os regale una sonrisa en los labios. A mí me la dió, además de alguna lágrima.
Un abrazo a todos y mil gracias por leer mis relatos surrelistas, irónicos, cómicos y extraños. Como yo.
Según parece, el intérprete de la canción es el novio de la cantante Rihanna (la de la Umbrella...), condenado por golpearla, después de que esta pareja adornara su boda con él. Así que, al recibir tantas visitas, los novios, hoy esposos, decidieron que las donaciones que algunos usuarios de youtube o de la red quisieran hacer, las aplicarían, directamente, a una fundación de ayuda a las mujeres maltratadas.
viernes 7 de agosto de 2009
miércoles 29 de julio de 2009
EL BLANCO Y EL ROJO (3ª PARTE).
Restituto no piensa, ni reacciona, pero cree que el asunto se le está yendo de las manos, la conversación entre El Blanco y El Rojo ha llegado a cotas de surrealismo superiores al mismo hecho de que estén allí, colgado de la cortina de tita Julia uno y sentado en el zapatero de tito Antonio otro. Su salud mental le aconseja poner fin a la escena.
- Yo lo haría pero no quiero que me vean los vecinos. Luego en las reuniones me nombran presidente para vengarse y no pagan las cuotas, me roban el correo, no me aguantan la puerta cuando llego y no me esperan con el ascensor si ven que entro al portal. Es un suplicio.
- Bueno, Restituto, eso se arregla. Mira, ponte el peluquín que tienes detrás del mueble del salón, el que se le cayó al tito Paco cuando vino a visitarte tres semanas hace unos años y se quedó siete meses. Las gafas de sol que perdió aquí tu tita Loli, la de Teruel, tipo mosca de la tele, las tienes en el cajón de abajo del mueblecito del pasillo, póntelas también.

- Restituto, ¿te das cuenta de que te avergüenzas de lo que haces? Te disfrazas para hacer algo malo, ése no es el camino y lo sabes. Además, el peluquín debe tener sapos, culebras y gremlins, ¡pones en riesgo tu salud física y mental por cuatro sardinas de nada!.
- Hombre, cuatro sardinas de nada no eran, que a mis amigos les gustan mucho y no nos cansamos de hacer y hacer y hacer… con unas patatitas fritas y unas cervecitas frías… ¡uf, qué gusto!. Espera, Rojo, que me levanto.
- ¡Noooo, no te levantes!- El Blanco, en un alarido, no puede impedir que Restituto se incorpore, se ponga sus zapatillas de invierno (en verano, calorcito bueno) y se dirija al salón.
- Venga, que ya estamos. Retira el mueble y coge el peluquín, te viene perfecto. Sanéalo un poquito, quítale el polvo y esa pelusa que tiene. No, ése es el peluquín, lo otro es la pelusa. Eso. Sí, vale, bien. Ahora busca las gafas. Están sucias. Límpialas, anda. Listo.
Restituto se dirige a la puerta, dispuesto a salir. Lleva la bolsa de basura en la mano, la aleja un poco del cuerpo.
- ¡Restituto por Dios, Restituto que te pierdes! ¿Ni un pantaloncillo te vas a poner para salir a la calle? ¿vas a hacerlo en paños menores?, ¡con lo ajustados que te quedan! ¡y sales sin haber ido al baño! Qué escándalo…
Hace rato que Restituto no ve ni oye al Rojo y al Blanco. Ya ha salido por la puerta. Entra en el ascensor. Pulsa el botón B. El ascensor se para en la segunda planta. Se sube su simpática vecina rubia. Sólo es capaz de decirle buenos días. Ella lo mira, de arriba abajo, con parada discreta y breve en los calzoncillos de mercadillo.

- Muy buenos días, sí señor. ¿Qué tal la fiesta de disfraces?
- Bien, muy bien… estupenda, cenita divertida con amigos.
- Hombre, vecino, pues para la próxima, me invita.
Podría decirse que Restituto levita desde el portal hasta el contenedor. En él, un enorme cartel plateado le recuerda que está incumpliendo la Ley, una orden municipal, para ser exactos. Ahora mismo, eso le importa poco más que un carajo y bastante menos que un pimiento. Deposita la bolsa dentro, se da la vuelta y se topa con un pequeño gatito con el lomo negro rojizo y el pechito blanco, blanco roto.
Restituto se agacha, lo toma en brazos y lo sube a casa. Nunca más tendrá que preocuparse de los restos de las sardinas. Las cortinas de tita Julia parecen balancearse ligeramente. La vecina de arriba sigue limpiando y sus tacones continúan sonando sobre la cabeza loca de Restituto.
- Yo lo haría pero no quiero que me vean los vecinos. Luego en las reuniones me nombran presidente para vengarse y no pagan las cuotas, me roban el correo, no me aguantan la puerta cuando llego y no me esperan con el ascensor si ven que entro al portal. Es un suplicio.
- Bueno, Restituto, eso se arregla. Mira, ponte el peluquín que tienes detrás del mueble del salón, el que se le cayó al tito Paco cuando vino a visitarte tres semanas hace unos años y se quedó siete meses. Las gafas de sol que perdió aquí tu tita Loli, la de Teruel, tipo mosca de la tele, las tienes en el cajón de abajo del mueblecito del pasillo, póntelas también.
- Restituto, ¿te das cuenta de que te avergüenzas de lo que haces? Te disfrazas para hacer algo malo, ése no es el camino y lo sabes. Además, el peluquín debe tener sapos, culebras y gremlins, ¡pones en riesgo tu salud física y mental por cuatro sardinas de nada!.
- Hombre, cuatro sardinas de nada no eran, que a mis amigos les gustan mucho y no nos cansamos de hacer y hacer y hacer… con unas patatitas fritas y unas cervecitas frías… ¡uf, qué gusto!. Espera, Rojo, que me levanto.
- ¡Noooo, no te levantes!- El Blanco, en un alarido, no puede impedir que Restituto se incorpore, se ponga sus zapatillas de invierno (en verano, calorcito bueno) y se dirija al salón.
- Venga, que ya estamos. Retira el mueble y coge el peluquín, te viene perfecto. Sanéalo un poquito, quítale el polvo y esa pelusa que tiene. No, ése es el peluquín, lo otro es la pelusa. Eso. Sí, vale, bien. Ahora busca las gafas. Están sucias. Límpialas, anda. Listo.
Restituto se dirige a la puerta, dispuesto a salir. Lleva la bolsa de basura en la mano, la aleja un poco del cuerpo.
- ¡Restituto por Dios, Restituto que te pierdes! ¿Ni un pantaloncillo te vas a poner para salir a la calle? ¿vas a hacerlo en paños menores?, ¡con lo ajustados que te quedan! ¡y sales sin haber ido al baño! Qué escándalo…
Hace rato que Restituto no ve ni oye al Rojo y al Blanco. Ya ha salido por la puerta. Entra en el ascensor. Pulsa el botón B. El ascensor se para en la segunda planta. Se sube su simpática vecina rubia. Sólo es capaz de decirle buenos días. Ella lo mira, de arriba abajo, con parada discreta y breve en los calzoncillos de mercadillo.
- Muy buenos días, sí señor. ¿Qué tal la fiesta de disfraces?
- Bien, muy bien… estupenda, cenita divertida con amigos.
- Hombre, vecino, pues para la próxima, me invita.
Podría decirse que Restituto levita desde el portal hasta el contenedor. En él, un enorme cartel plateado le recuerda que está incumpliendo la Ley, una orden municipal, para ser exactos. Ahora mismo, eso le importa poco más que un carajo y bastante menos que un pimiento. Deposita la bolsa dentro, se da la vuelta y se topa con un pequeño gatito con el lomo negro rojizo y el pechito blanco, blanco roto.
Restituto se agacha, lo toma en brazos y lo sube a casa. Nunca más tendrá que preocuparse de los restos de las sardinas. Las cortinas de tita Julia parecen balancearse ligeramente. La vecina de arriba sigue limpiando y sus tacones continúan sonando sobre la cabeza loca de Restituto.
lunes 27 de julio de 2009
EL BLANCO Y EL ROJO (2º PARTE).
- Joer, colega ¿todavía no le has dicho nada? Llegas antes que yo y no aprovechas. Tú ves como eres tonto. El personajillo en tanga grita dirigiéndose a las cortinas de tita Julia. Restituto se restriega los ojos y los abre como platos.
- ¿Dónde te has dejado el respeto, bichillo enfermo? ¿Así me hablas? Qué poquita vergüenza te tocó en el reparto, criatura. Yo no tomo provecho de las circunstancias, yo soy bueno, los buenos no necesitamos jugar sucio. El ser de la túnica blanca responde presto.
- Yo soy bueno, los buenos no necesitamos jugar sucio –dice el tanguita rojo en tono burlón-, ¡ay, pero qué penita me das!, ¡ni tú te crees lo que dices! Voy a ir para allá y te voy a colgar de la barra de esa cortina, con la túnica blanca esa que llevas, uhm, no veo bien... ¿esa cuál es, la blanco roto o la champagne?
- Claro, tú como siempre te pones el mismo tanga… déjame decirte que, después de treinta y cuatro años con ellos puestos, ya es horita de que los laves… no te molestes, pero hasta aquí llega el tufillo…
- ¿Pero qué dices, volao? Que yo tengo el armario lleno de tangas como éste, como Fidel de trajes caqui y Chávez de camisas rojas, que no te enteras, pero mira que eres cortito… así te va como te va…
-¡Eh, eh, eh! ¿Pero esto qué es? ¿quiénes sois? ¿qué hacéis aquí? ¿qué queréis? ¿es la túnica blanco roto o champagne? ¿siempre llevas el mismo tanga?. Restituto tiene los ojos rojos de tanto restregarse y el cerebro seco de exprimirlo para explicar lo que pasa. Desvaría.
- Madre mía, estoy idiota. El conflicto que se presenta ante mí me ha vuelto imbécil, pero qué cierto es que el hombre es un cristal y la mente lo puede todo... se dice a sí mismo en voz baja.
- Oye, tú, ricura, no te pongas profundo. Soy Restituto El Rojo, el fantoche de la cortina es Restituto El Blanco. Nacimos el mismo día que tú. Bueno yo salí el último, soy el mayor, que conste.

- Vuelta otra vez con la burra al trigo... Te he dicho millones de veces que llegamos a este mundo a la vez –dice El Blanco con resignación- Amigo, estamos aquí para aconsejarte en esta compleja situación que tienes ante ti. Por supuesto, mi recomendación es que soportes estoicamente el olor a sardina y tires la basura esta noche.
- ¿Pero tú estás tonto? ¿no has visto la cara de mareo que tiene? Este no aguanta todo el día con el perfume. Restituto, guapo, hazme caso, baja la basura ahora y listo. Si nadie se va a enterar, hombre.
- Lo mareas tú, no las sardinas. La norma es la norma, Restituto, lo sabes. No debes incumplirla, debes seguir siendo el chico honrado y honesto que tus padres se esmeraron tanto en educar.
- Sí, sí, honrado y honesto… por eso salió de aquel chino con dos marcos de fotos, sin pagar uno porque la chinita de turno se había equivocado al darle la vuelta… ¡y el no dijo ni mu!
- Bueno, bueno, eso fue un error simplemente. No fue deliberado, cualquiera puede confundirse. Restituto es un chico que siempre hace lo correcto, ¿verdad Restituto?
Restituto está callado, como en misa, cuando la gente está callada en misa, claro, no cuando el niño corretea, la niña se ríe, los amigotes charlan y el bebé berrea. Mira las cortinas, mira el zapatero, como en un partido de tenis, y le embarga la sensación de haberse comido precisamente una pelota de tenis que le está aplastando el conocimiento, por eso la cortina dorada es un tío con túnica blanco roto o champagne y el zapatero no es marrón, sino rojo tanga en serie.
- Yo… yo… yo no sé qué decir… -alcanza a responder – yo no quiero infringir las normas, pero no soporto este olor, la casa apesta, no puedo respirar, comimos mucho… estoy agobiado.

- Pues claro, hombre, por eso tienes que tirar la basura ya y dejarte de chorradas. Venga, vamos, te ayudo a cerrarla… o mejor no, no la cierres, que se esparza y se caiga cuando el camión la recoja… ¡qué chulo!
- Restituto, no hagas caso, no puedes hacer eso. Si lo haces, acabarás defraudando a Hacienda y marchándote de las gasolineras sin pagar.
- Es… es… esto, perdón, quería decir solamente que no tengo coche…- interviene Restituto.
- Por eso, Restituto, por eso, caerás en una espiral de desenfreno, maldad y descontrol y la gasolina que robes no te servirá para nada.
- Idiota, ¿qué dices? ¿no has oído que no tiene coche? Este tío es imbécil. Mira, Restituto, no le des más vueltas. Vamos, bájala ya, que me quiero ir a duchar y cambiarme de tanga.
- ¿Dónde te has dejado el respeto, bichillo enfermo? ¿Así me hablas? Qué poquita vergüenza te tocó en el reparto, criatura. Yo no tomo provecho de las circunstancias, yo soy bueno, los buenos no necesitamos jugar sucio. El ser de la túnica blanca responde presto.
- Yo soy bueno, los buenos no necesitamos jugar sucio –dice el tanguita rojo en tono burlón-, ¡ay, pero qué penita me das!, ¡ni tú te crees lo que dices! Voy a ir para allá y te voy a colgar de la barra de esa cortina, con la túnica blanca esa que llevas, uhm, no veo bien... ¿esa cuál es, la blanco roto o la champagne?
- Claro, tú como siempre te pones el mismo tanga… déjame decirte que, después de treinta y cuatro años con ellos puestos, ya es horita de que los laves… no te molestes, pero hasta aquí llega el tufillo…
- ¿Pero qué dices, volao? Que yo tengo el armario lleno de tangas como éste, como Fidel de trajes caqui y Chávez de camisas rojas, que no te enteras, pero mira que eres cortito… así te va como te va…
-¡Eh, eh, eh! ¿Pero esto qué es? ¿quiénes sois? ¿qué hacéis aquí? ¿qué queréis? ¿es la túnica blanco roto o champagne? ¿siempre llevas el mismo tanga?. Restituto tiene los ojos rojos de tanto restregarse y el cerebro seco de exprimirlo para explicar lo que pasa. Desvaría.
- Madre mía, estoy idiota. El conflicto que se presenta ante mí me ha vuelto imbécil, pero qué cierto es que el hombre es un cristal y la mente lo puede todo... se dice a sí mismo en voz baja.
- Oye, tú, ricura, no te pongas profundo. Soy Restituto El Rojo, el fantoche de la cortina es Restituto El Blanco. Nacimos el mismo día que tú. Bueno yo salí el último, soy el mayor, que conste.
- Vuelta otra vez con la burra al trigo... Te he dicho millones de veces que llegamos a este mundo a la vez –dice El Blanco con resignación- Amigo, estamos aquí para aconsejarte en esta compleja situación que tienes ante ti. Por supuesto, mi recomendación es que soportes estoicamente el olor a sardina y tires la basura esta noche.
- ¿Pero tú estás tonto? ¿no has visto la cara de mareo que tiene? Este no aguanta todo el día con el perfume. Restituto, guapo, hazme caso, baja la basura ahora y listo. Si nadie se va a enterar, hombre.
- Lo mareas tú, no las sardinas. La norma es la norma, Restituto, lo sabes. No debes incumplirla, debes seguir siendo el chico honrado y honesto que tus padres se esmeraron tanto en educar.
- Sí, sí, honrado y honesto… por eso salió de aquel chino con dos marcos de fotos, sin pagar uno porque la chinita de turno se había equivocado al darle la vuelta… ¡y el no dijo ni mu!
- Bueno, bueno, eso fue un error simplemente. No fue deliberado, cualquiera puede confundirse. Restituto es un chico que siempre hace lo correcto, ¿verdad Restituto?
Restituto está callado, como en misa, cuando la gente está callada en misa, claro, no cuando el niño corretea, la niña se ríe, los amigotes charlan y el bebé berrea. Mira las cortinas, mira el zapatero, como en un partido de tenis, y le embarga la sensación de haberse comido precisamente una pelota de tenis que le está aplastando el conocimiento, por eso la cortina dorada es un tío con túnica blanco roto o champagne y el zapatero no es marrón, sino rojo tanga en serie.
- Yo… yo… yo no sé qué decir… -alcanza a responder – yo no quiero infringir las normas, pero no soporto este olor, la casa apesta, no puedo respirar, comimos mucho… estoy agobiado.
- Pues claro, hombre, por eso tienes que tirar la basura ya y dejarte de chorradas. Venga, vamos, te ayudo a cerrarla… o mejor no, no la cierres, que se esparza y se caiga cuando el camión la recoja… ¡qué chulo!
- Restituto, no hagas caso, no puedes hacer eso. Si lo haces, acabarás defraudando a Hacienda y marchándote de las gasolineras sin pagar.
- Es… es… esto, perdón, quería decir solamente que no tengo coche…- interviene Restituto.
- Por eso, Restituto, por eso, caerás en una espiral de desenfreno, maldad y descontrol y la gasolina que robes no te servirá para nada.
- Idiota, ¿qué dices? ¿no has oído que no tiene coche? Este tío es imbécil. Mira, Restituto, no le des más vueltas. Vamos, bájala ya, que me quiero ir a duchar y cambiarme de tanga.
viernes 24 de julio de 2009
EL BLANCO Y EL ROJO (1ª PARTE).
Restituto acaba de despertarse. Le duele la cabeza. Su dormitorio huele que apesta. Son las nueve de la mañana, lo sabe porque la hortera de su vecina de arriba ya está taconeando, es la hora del baile de la limpieza. Los tacones son el accesorio básico de cualquier amo o ama de casa que se precie.
Restituto todavía no ha abierto los ojos. En lo más profundo de su corazón guarda la vana esperanza de que, si no los abre, no comenzará el día y no se verá obligado a enfrentarse a la encrucijada con la que se había ido a dormir la noche anterior.
Restituto está de vacaciones y anoche invitó a unos amigos a cenar. Muchas sardinas, sardinitas ricas. Los restos de las sardinas huelen mal, muy mal, espantosamente mal. La cocina es zona de guerra y el resto de la casa, incluido él mismo, todo su cuerpo, desde la punta de su pelo al uno, hasta sus deditos meñiques de ambos pies, todo, todo, todo, huele a las sardinas de ayer.

Restituto tiene ganas de mear, también tiene ganas de que la vecina del segundo, la rubita simpática, le diga algo más que buenos días en el ascensor, pero se aguanta las dos cosas. Volvamos a lo nuestro, decía que tiene ganas de mear. No controla ya, ni la vejiga, ni los ojos, no puede evitar abrirlos, la tragedia se cierne sobre su (inútil) cama de matrimonio y su ajustado calzoncillo de mercadillo… Restituto, es mucho Restituto, él y todo él.
Restituto mira al techo. ¡Qué bonita la lámpara estilo oriental que le regaló tito Luís!. Ahora echa los ojos a la derecha. ¡Qué lindas quedaron las cortinas que le cosió tita Julia!. Luego a la izquierda. ¡Qué horroroso el zapatero gigante que le trajo tito Antonio!. Qué generosos y cariñosos los titos. Qué feliz y afortunado se sintió por haber compuesto su hogar como si fuera un collage de estilos y gustos diversos, gracias a sus amantísimos titos.

Restituto recordó que fue el tito Pepe quién le regaló el cubo, rosa fosforito,para restos orgánicos, que ahora estaba en la cocina convertido en una bomba a punto de estallar. Restituto no había bajado la basura la noche anterior y no podría hacerlo ya, al menos, hasta las ocho.
Las normas son claras en verano: nada de depositar basuras entre las ocho de la mañana y las ocho de la tarde. Son las nueve. Restituto nunca incumple las leyes, los reglamentos, las normas de su comunidad o las condiciones generales de la entrada del cine. Eso es así.
El taconeo de la vecina limpiadora se hace más intenso, la cabeza le va a explotar. No sabe si es el estallido o las diez cervezas que se tomó anoche, u otra razón más extraña y menos racional, pero le ha parecido ver algo colgando de las cortinas de tita Julia. Una pequeña figura humana, semejante a la suya propia, vestida con una túnica blanca le saluda con la mano. Aparta la mirada, asustado de lo que sus ojos le enseñan.
Los pelos, cada pelito del cuerpo, se le eriza cuando se da cuenta de que encima del horrendo zapatero de tito Antonio, hay otro ser, clavadito a él, vestido con lo que, a todas luces, parece un tanga rojo. Éste también hace gestos, pero no es exactamente un saludo, es más bien un corte de mangas.
Restituto todavía no ha abierto los ojos. En lo más profundo de su corazón guarda la vana esperanza de que, si no los abre, no comenzará el día y no se verá obligado a enfrentarse a la encrucijada con la que se había ido a dormir la noche anterior.
Restituto está de vacaciones y anoche invitó a unos amigos a cenar. Muchas sardinas, sardinitas ricas. Los restos de las sardinas huelen mal, muy mal, espantosamente mal. La cocina es zona de guerra y el resto de la casa, incluido él mismo, todo su cuerpo, desde la punta de su pelo al uno, hasta sus deditos meñiques de ambos pies, todo, todo, todo, huele a las sardinas de ayer.

Restituto tiene ganas de mear, también tiene ganas de que la vecina del segundo, la rubita simpática, le diga algo más que buenos días en el ascensor, pero se aguanta las dos cosas. Volvamos a lo nuestro, decía que tiene ganas de mear. No controla ya, ni la vejiga, ni los ojos, no puede evitar abrirlos, la tragedia se cierne sobre su (inútil) cama de matrimonio y su ajustado calzoncillo de mercadillo… Restituto, es mucho Restituto, él y todo él.
Restituto mira al techo. ¡Qué bonita la lámpara estilo oriental que le regaló tito Luís!. Ahora echa los ojos a la derecha. ¡Qué lindas quedaron las cortinas que le cosió tita Julia!. Luego a la izquierda. ¡Qué horroroso el zapatero gigante que le trajo tito Antonio!. Qué generosos y cariñosos los titos. Qué feliz y afortunado se sintió por haber compuesto su hogar como si fuera un collage de estilos y gustos diversos, gracias a sus amantísimos titos.

Restituto recordó que fue el tito Pepe quién le regaló el cubo, rosa fosforito,para restos orgánicos, que ahora estaba en la cocina convertido en una bomba a punto de estallar. Restituto no había bajado la basura la noche anterior y no podría hacerlo ya, al menos, hasta las ocho.
Las normas son claras en verano: nada de depositar basuras entre las ocho de la mañana y las ocho de la tarde. Son las nueve. Restituto nunca incumple las leyes, los reglamentos, las normas de su comunidad o las condiciones generales de la entrada del cine. Eso es así.
El taconeo de la vecina limpiadora se hace más intenso, la cabeza le va a explotar. No sabe si es el estallido o las diez cervezas que se tomó anoche, u otra razón más extraña y menos racional, pero le ha parecido ver algo colgando de las cortinas de tita Julia. Una pequeña figura humana, semejante a la suya propia, vestida con una túnica blanca le saluda con la mano. Aparta la mirada, asustado de lo que sus ojos le enseñan.
Los pelos, cada pelito del cuerpo, se le eriza cuando se da cuenta de que encima del horrendo zapatero de tito Antonio, hay otro ser, clavadito a él, vestido con lo que, a todas luces, parece un tanga rojo. Éste también hace gestos, pero no es exactamente un saludo, es más bien un corte de mangas.
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